La verdad es que la última edición del superclásico dejó mucha tela que cortar. Una expresión típicamente española, que requiere de mucho tiempo y análisis para ponerle el definitivo punto final.
El espectador privilegiado, que observó a la multitud colgada del cielo. La luna llena, brillando en todo su esplendor en noche serena, típica de verano, haciéndose presente por detrás de la tribuna Héctor Scarone. Cual lienzo célebre del pintor uruguayo José Cúneo Perinetti. Sencillamente, espectacular.
No pasó desapercibido para nadie que Washington Aguerre, resultó ser el centro de las miradas y de los ataques de furia de los parciales tricolores. Y basta con observar detenidamente la imagen, en la que aparece en primer plano durante los ejercicios pre competitivos, totalmente vestido de negro –al mejor estilo Ladislao Mazurkiewicz-, con la pelota en la mano derecha, escuchando con una amplia y sagaz sonrisa, los hostiles gritos de los hinchas locales, prácticamente colgados del alambrado perimetral de la cabecera Héctor Scarone.
A la carga Barracas. Agustín Rogel, salta por sobre la humanidad de Leandro Umpiérrez, en su afán de rechazar el balón.
Miradas cómplices y risueñas. La campechana reprimenda del árbitro Andrés Matonte a Washington Aguerre, tendido dentro del área.
Sin dar ni pedir tregua. Luciano Boggio, en procura de cabecear un envío aéreo, es tomado por detrás con las dos manos por el debutante Roberto “Indio” Fernández. En los clásicos no se otorgan ningún tipo de ventajas al enemigo.
Sinfonías de colores, contrastado con el verde césped. Medias naranjas con zapatos negros, a su lado, calcetines azules con calzado naranja y finalmente blancas con botines azules.
Los Fernández, en familia. Leo y Roberto, frente a la pelota. Concuñados en la vida, compañeros en Peñarol.
Matías Arezo y el festejo de gol que pasó desapercibido para muchos, no para el astuto lente de Tenfield.com. El artillero aurinegro, llevándose el dedo pulgar izquierdo a la boca, dedicó la conquista a su hijo Theo, de un año de edad.
La soledad de la derrota. Julián Millán, cabizbajo y lleno de desazón, se marcha de la cancha consumada la dolorosa caída en casa propia.
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