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Cristina Bucsa, la número uno del tenis español: Atípica, sin redes y de origen moldavo

El tenis español tiene una nueva campeona y, al mismo tiempo, una de sus historias más particulares. El triunfo de Cristina Bucsa en el WTA 500 de Mérida —el primero de su carrera— no solo supone un salto deportivo enorme, también confirma la llegada definitiva a la élite de una jugadora que nunca siguió el guion típico del tenis profesional.

Mientras muchas tenistas crecen en academias internacionales, equipos amplios y estructuras potentes, Bucsa ha construido prácticamente toda su carrera desde el mismo lugar: Torrelavega. Y casi con las mismas personas. Su entrenador sigue siendo su padre.

Bucsa nació el 1 de enero de 1998 en Chisináu (Moldavia), pero su vida en realidad ha transcurrido en España. Con apenas tres años se trasladó a Cantabria cuando su padre, Iván Bucsa, emigró para trabajar. Allí empezó todo.

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Bucsa, campeóna en Mérida
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Iván, sin experiencia previa en el tenis profesional, se convirtió en entrenador autodidacta de su hija. Aplicó conocimientos de preparación física de otros deportes, le recogía las pelotas en los entrenamientos y hasta le ayudaba a llevar el tanteo cuando todavía era demasiado pequeña para contar los puntos. Aquella escena —padre e hija solos en la pista— define bien sus orígenes.

Desde muy joven empezó a destacar: fue campeona de Cantabria sub-10 y más tarde campeona de España en categorías inferiores. Compaginó siempre el deporte con los estudios, terminó el bachillerato en el Instituto Marqués de Santillana e incluso inició la carrera de Psicología, aunque la raqueta terminó ocupando todo su tiempo.

Un camino más lento… pero sólido

A diferencia de la mayoría de jugadoras actuales, su progresión fue tardía. No explotó con 17 o 18 años, sino pasada la veintena. Durante mucho tiempo compitió prácticamente sin patrocinadores, costeándose material y viajes y moviéndose por torneos ITF y fases previas.

Su gran salto llegó en 2023, cuando superó la previa del Open de Australia y alcanzó por primera vez la tercera ronda de un Grand Slam, cayendo ante la número uno mundial Iga Swiatek. A partir de ahí se asentó en el circuito WTA, dejó atrás las previas y comenzó a entrar directamente en los grandes torneos.

Ahora, tras levantar el título en Mérida, ha alcanzado la mejor clasificación de su carrera y se ha colocado como una de las principales raquetas españolas del ranking.

Una personalidad poco habitual

Bucsa también rompe moldes fuera de la pista. Es reservada, tímida y poco amiga de la exposición mediática. Apenas utiliza redes sociales y durante años compitió sin patrocinadores visibles. No tiene un gran equipo de comunicación ni busca protagonismo; su entorno sigue siendo reducido y familiar.

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Cristina Bucsa, después de ganar a Alexandra Eala
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Incluso su preparación mental es particular: ha reconocido en varias ocasiones que trabaja ella misma su psicología deportiva gracias a sus estudios, algo muy poco común en el circuito.

Nunca ha querido abandonar su base en Cantabria ni cambiar de entrenador. Su padre continúa dirigiendo su carrera, una rareza en un deporte donde los jugadores suelen cambiar de equipo constantemente.

La recompensa

El título de Mérida es la culminación de ese recorrido. Bucsa no llegó como promesa precoz ni como fenómeno mediático, sino como una jugadora constante, resistente a años de torneos menores, viajes largos y pocos recursos.

Hoy es una tenista asentada en la élite y un perfil casi único en el circuito: una campeona construida sin prisa, sin focos y prácticamente desde casa. Su historia demuestra que, en un deporte cada vez más profesionalizado, todavía hay espacio para trayectorias diferentes.

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