Ese deportivista que se dejó la garganta celebrando el 2-3 de Mario Soriano es el mismo al que no le gusta lo que ve. Hace semanas, hace meses... El Dépor, en pleno naufragio y con uno más en el campo, fue rescatado por el delantero de su filial, Bil Nsongo. Su maniobra fue sencilla, plena, armónica, ahora mismo imposible de ver en el resto de delanteros del primer equipo. 2-2 y el Deportivo, por fin, creía. Empujó en los últimos minutos hasta que el madrileño embocó esa pelota en profundidad. Un triunfo en el descuento que no hace justicia a lo que se vio sobre el terreno de juego y que sienta bien, pero algo extraño, en el paladar. El Deportivo estuvo a punto de perder, en teoría por un error en cadena, pero en realidad porque aún no sabe qué equipo es ni tiene un plan ajustado a sus cualidades, que son múltiples, a pesar de que hay futbolistas que a día hoy son sombras de lo que eran o de lo que pueden ser. Perdidos, sin guía. Los números y el paso de los días dicen que el equipo coruñés está empatado con los conjuntos en ascenso directo, pero lo que se ve, lo que se palpa, más allá de la apuesta para cada partido, es que es un grupo sin brújula, que no sabe lo que quiere y al que le falta consistencia en su propuesta para aspirar a un ascenso a Primera. Sigue ganando tiempo, ya no sobra. La Real B y Fraga le desplegaron la alfombra roja tras el pitido inicial y parecía que ni así. Astiazaran y Ochieng dieron las estocadas de un filial que fue mejor de cabo a rabo hasta que apareció Bil. El crédito va al límite entre el deportivismo, a pesar del triunfo.
Justo cuando el Deportivo se disponía a coronar el segundo tercio de Liga, Hidalgo quiso inventarse en el once inicial otro Dépor, que no deja de ser ese Dépor que llevaba meses persiguiendo, con algún que otro bandazo. Según sus palabras, ese juego directo de Ferllo a Eddahchouri de hace una semana ante el Eibar no estaba en los planes y por eso, para desactivar las tentaciones, ahondó en su apuesta por futbolistas para tener la pelota. No estaba Yeremay y se iba también Villares al banquillo para acomodar a Soriano con Riki, a Luismi y a Mella en cada banda y a Zaka junto a Stoichkov en zona ofensiva.
Y al Deportivo se le abrió cielo en el minuto dos cuando casi ni siquiera era consciente del tacto de la pelota. Un balón colgado por Luismi que fue veneno para el meta de la Real Sociedad, Álvaro Fraga. Entre el sol y sus propias dudas por alto, le regaló una tercera posibilidad a Stoichkov que no desaprovechó. 0-1, minuto 3. El viento a favor y en el escenario ideal para ejecutar el plan de Hidalgo, un nuevo ensayo, pero ya en el mes de marzo.
Los primeros minutos, tras el tanto, mostraron a una Real B acogotada y a un Deportivo que, a pesar de sus instintos, buscaba masticar las jugadas. Todo partía de Riki e iba escalando para buscar superioridades, aunque en los últimos metros seguía adoleciendo de profundidad. Por momentos, lo mezclaba con presión arriba y algún robo. De hecho, en uno casi marca Stoichkov de nuevo, después de lanzarlo David Mella. Al Dépor le tiraba un poco el traje, pero intentaba encajar el cuerpo, que se hiciese la nueva prenda. Poco a poco, como en la primera vuelta, el filial le quitó la careta de grande, de ogro, al Dépor y se lanzó a meterle la mano. Ya no tenía miedo. Quería la pelota, pretendía progresar. Lo hacía. El partido empezaba a ser suyo, ante todo por la banda izquierda, pero mezclando su juego.
Cogió definitivamente el asa del encuentro en una pelota suelta en la que Ochieng descargó un disparo que pegó en Altimira y al que Ferllo acertó a meter la mano para mandar la pelota al palo. El rechace le quedó a Astiazaran y la mandó a la red. Minuto 23 y todo volvía a la casilla de salida, pero con la Real Sociedad B ya desmitificando a un Deportivo al que le costaba defender, sobre todo, porque había metido en el campo Hidalgo a futbolistas para tener la pelota que no paraban de perseguirla, de hacer esfuerzos defensivos. Futbolistas equivocados para un contexto de partido erróneo. No competía, se aguantaba a duras penas, porque no era capaz de llevar el partido a donde le convenía.
Así se llegaba a un descanso en el que el Deportivo debió dar por bueno el 1-1 porque el filial, pleno de confianza y desafiante, tuvo varias oportunidades para ponerse por delante. El equipo coruñés, con Mella desaparecido y con Luismi desconfigurado, solo amenazaba con algún pase en profundidad de Almitira a Eddahchouri. Poco, muy poco. Como casi siempre últimamente.
Cambios que le desnudan
A Hidalgo, amante de los equipos armados y competitivos, poco o nada le debía estar gustando lo que veía. No hizo los cambios al descanso por higiene de vestuario, pero en diez minutos ya estaban Patiño y José Ángel en el campo. Un equipo más orgánico que pareció darle un aire, tímidamente fue progresando hacia la portería rival. No pintaba mal, incipiente, pero claro, todo saltó por los aires en cinco minutos.
Una pelota en la banda que no pudo proteger Charlie Patiño acabó en Loureiro, quien dio un siempre desaconsejable pase al corazón del área del que no se responsabilizaron ni Ferllo ni Noubi. Apareció entonces Ochieng como un mercancías para hacer el 2-1. Golpe cuando el partido parecía cambiar, aunque, en realidad, al Deportivo no le condenan los accidentes, sino él mismo.
El tanto golpeó a un Deportivo que no era capaz de atacar a un filial en crecimiento y que dominaba la escena. Estaba más cerca el 3-1 que el 2-2. Los coruñeses ni tenían la pelota, menos tiraban a puerta. Solo la fogosidad malentendida de Mikel Rodríguez le llevó a ver una doble amarilla en unos minutos que le dio una vida extra al Deportivo, un cuarto de hora más descuento con uno más.
Ni se notó en los primeros instantes, esa fue la realidad. Solo esa pelota que cazó y cruzó al palo largo Bil Nsongo consiguió revivirle. A partir de ahí, creyó, aunque sin jugar en exceso, y embotelló a un contrincante, ya sí, lleno de miedos. El gol tampoco se palpaba en el ambiente, pero llegó esa jugada de banda a banda y esa pase en profundidad a Mario Soriano para que el madrileño le pegase con toda el alma. Marcó, celebró, descargó toda la frustración. También el deportivismo.