Hubo un día en el que todo parecía encajar alrededor de Dean Huijsen. Su debut en el Mundial de Clubes no fue el de un chaval de 20 años que empieza, sino el de un central que llega para mandar. Ni una pizca de miedo. Ni un gesto de duda. Sólo solidez, presencia y personalidad. Jugaba como si llevara años vistiendo la camiseta del Real Madrid... y el madridismo no tardó en ilusionarse.