Hugo Pinilla apenas tiene 19 años. Cambiará de decena en abril, el día 28, cuando habrán pasado dos meses desde el peor día de su vida: el del fallecimiento, el pasado domingo, de su madre Cristina, que, a pesar de su denodada lucha por su vida, no pudo superar una enfermedad fulminante que la mantuvo durante varias semanas ingresada en el hospital.
Durante este tiempo, Hugo ha exhibido una profesionalidad impropia de su edad. Apenas se ha perdido entrenamientos y, a pesar del colosal dolor, ha sido ejemplo de trabajo y dedicación puestos a disposición del club de su vida. Ese que lleva en el corazón desde que su madre le trajo al mundo y al que, como a ella, quiere con todo el alma.
Quizá sea porque el fútbol, como tantas veces, ejerce de una gran válvula de escape contra el dolor. Tal vez, calzarse las botas y estar con sus compañeros sea la mejor terapia posible para sobrellevar la congoja y ese insoportable dolor. Puede que solo el amor por su club sea capaz de amortiguar la desgarradora pérdida de otro. Ese extraño poder del balón, refugio del canterano durante este proceso que ha mantenido a Hugo de la Ciudad Deportiva al hospital y viceversa con muchas más lágrimas que descanso.
Es el poder, analgésico en algunos casos y teapéutico en otros, que tiene el fútbol. Capaz de provocar disgustos mayúsculos y, a la vez, de aliviar las penas más duras. Incluso ahora, en el peor momento de su historia y con pie y medio fuera del fútbol profesional, el Real Zaragoza abraza a Hugo para acompañarle en el peor momento de su vida. Aunque, más bien, es Hugo el que abraza al Real Zaragoza, ese ser querido al que adora casi tanto como a su madre, a cuyo velatorio, en Torrero, acudió nada más completar el entrenamiento y a la que despedirá este miércoles en el funeral, donde acompañará a su hermana Abril y a su padre Óscar justo nueve meses después de que todos ellos, junto a su madre, le vieran debutar con el primer equpo en Castellón.